domingo, 29 de mayo de 2016

Mi madre saltaba como si le fuera la vida en ello. Llevaba puesta la camiseta del madrid. No me gusta el fútbol, no me gusta lo que hace con  (algunos) humanos. Pero me apasiona lo que hace con mi madre. No es el fútbol, es ella. Lo que ha sufrido, lo que ha aguantado, lo que no ha dicho, lo que toleró, lo que trabajó.

Y saltaba.
Y abrazaba.
Y reía.

Yo me dediqué a observarla, el móvil retuvo algunas de esas escenas que sabes que un día no estarán. No olerá a vela encendida, a banderas de equipos encima de la tele, a tres camisetas de la página de los chinos, a once sillas alrededor de la mesa, o quince, o el pleno del diecinueve de algunos domingos.

Siempre queremos retener el tiempo. La fotografía se inventó para eso, no? Y los tatuajes. Va todo demasiado rápido y nosotros queriéndonos anclar a un único lugar. Yo me hubiera quedado más rato en la escena de anoche. Y en el concierto de la semana pasada con Bruce al fondo. Y en el Drive all night de barcelona, y en esa charla con el tipo de los ojos hundidos en el bar.

Y no.
No se puede parar. No hay botón de pausa.
Y menos mal...



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