martes, 3 de mayo de 2016

Empiezas por odiar esa puta camiseta. La blanca con letras negras. La llevabas aquella noche cuando hiciste de perro en las puertas de un concierto. Con tu lengua fuera lamiendo por doceava vez la misma herida que ni siquiera había llegado a curarse del todo.

Y así vas odiando todo lo que te pones porque cualquier día, cualquier tarde, en cualquier rincón van a darte en el mismo sitio, aunque hayas dicho que te duele, que te hastía, que te lastima, que te asola.

Porque hay dueños que creen serlo.
Pero sobre todo hay dueños porque tú dejas que lo sean.

Aunque te peguen patadas en la herida de siempre, aunque no sepan poner crema en las durezas que ya te has construido, aunque te hagan llorar de pena penita pena.

He visto a seres humanos pegar a sus mascotas. Que los exterminen.
Y he visto a seres humanos hacer daño sin saber que lo están haciendo.

O eso me he creído.
Porque lo otro, lo de saber que dañas mucho y muchas veces, y seguir haciéndolo, dice mi cabeza que nanai. Que no puede ser. Que no es así. Que algo se me escapa. Que no fui ese día a clase. Que no. Muchas veces no.

Y entonces estrenas vestido cortito y vas a ver si hoy, como vas de rojo, con perfume y canesú, tal vez no te apaleen de nuevo.

Y por la noche el vestido es el puto vestido rojo. Cortito y con canesú.






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