miércoles, 25 de mayo de 2016

Dieciséis horas de pena penita pena le duró nuestro adiós. Un cuarto de hora después apenas quedaban lágrimas ni lamentos. Dice que sigue siendo el trabajo un escondite perfecto para no oír al corazón.Y el alcohol a veces. Y la música muy alta. Y el qué sé yo.

Le creí. Todas las otras veces le creí. Sabes esas personas que no quieren sentir del todo porque les aterra encontrar algo con lo que no puedan lidiar? Pues ten cuidado con esa afirmación, porque a veces no es eso. Es lo otro. Es la incapacidad. Es que no sintió. Bueno, un poco sólo.

Si te confundes con lo de que "yo sí pero no sé qué me pasa..."corres el riesgo de emprender una batalla en la que sólo luchas tú, ayudando a los pobres mortales a desnudarse. Aunque nadie te dijera que querían ir sin ropa por este planeta. O sí. Aunque eso también fuese mentira.
Ándate con ojo, lo más abiert...

No.
No.
No.

Déjalo, no observes fuera, no arregles fuera, no soluciones fuera, no inventes fuera, no maquines hacia fuera, no te esfuerces para el otro... Hasta que no sientas, oigas, escuches, veas, toques y saborees con los cuernos que eso y solamente eso es lo que el otro quiere, necesita, te muestra y te indica a cada momento.

Porque te perderás. Y el camino de vuelta es tan costoso y largo que cuando vuelvas no recordarás quién eras.

Sí, puede ser que hayas venido a este mundo con el don de cuidar. No seré yo la que te diga que dejes de hacerlo, pero por favor, empieza y acaba en ti. En cuidarte vos. A los demás también, claro, si se te sale por los poros hija mía, si no puedes evitarlo. Bien, vale. Pero hazlo sólo cuando el otro quiera ser cuidado de verdad. De la verdadera.

Desde sus ojos, no éramos tan importantes.
Desde los míos nunca hubo nada que tuviese más importancia.




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