sábado, 30 de abril de 2016

Le dije que yo quería cuidar bonsais. Él se apresuró a decir que menudo coñazo, que hay que regarlos tres veces al día en verano, que luego hay una etapa en la que tienes que ir quitándoles las hojas secas, que hay que estar demasiado pendiente de ellos.

Y le dije, de nuevo: yo quiero cuidar bonsais. Como nosotros.

Pero él no entendía nada. Cuidar, airear, vaporizar, oxigenar, quitar hojitas secas y regar a menudo. Lo laborioso cuesta tanto, verdad? pero es tan enriquecedor hacerlo... Y ver brotar el verde de entre todo este marrón.

Ojalá.

Ojalá encontrásemos en el camino, en el desarrollo, en los túneles, en los baches y en todas las demás cumbres, ese algo que aniquila el resultado. Que lo deja en segundo término. Es cierto que lo que obtienes enriquece, tal cual. Pero en ese laborioso asunto del cuidarnos también hay placer, la vida misma expandiéndose al vernos soltarnos. Y crecer. Como bonsais.

Pero él.
Él.
A él le gustaba lo fácil, las flores de plástico y los jarrones de barro. Que si se rompen los hay muy baratos. En todos los bares hay jarrones. Muchos. Más. De los que cuando se resquebrajan se sustituyen por otro.
Pero yo.
Yo.
A mi me gustan los bonsais.




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