martes, 19 de abril de 2016

De verdad que quiero escribir. Y dibujar como antes. Bueno, como antes no, sin copiarme.
Y quiero regar las macetas despacio. Y cocinar. Y noséqué pero con calma. 
Ay el tiempo. El bien más preciado. Y eso que no existe y tal pascual que diría Edgar en el poder del ahora. 
Pero sí, eso, tiempo como riqueza absoluta. Porque si lo tienes eres dueño de todo lo demás. De qué haces, de cuándo, de cómo, de dónde. Que ya sé que a veces hay tiempo y no hay dinero. Y entonces se complica lo de hacer ciertas cosas. Pero lo que se pone en marcha es la imaginación, y al final te ves jugando al padel no sé dónde porque has podido ir a regarle las plantas a no sé quién y nos devolvemos los favores. 
Se puede. Con tiempo se puede. 

Pero todo esto es una cárcel. Yo a veces abro un poco los barrotes. Y otras los pinto de colores con florecitas y todo. Pero es una cárcel. 

Vivir aquí dentro, en sí, también lo es. En la mente me refiero. 

Pero hay que abrir rendijas. Huequecitos. Y se puede respirar.

Sin tiempo es difícil. Sin tiempo. Trabajo nueve horas al día. Pero si ocupas media hora en levantarte y desayunar antes de ponerte, esa media se la puedes añadir al curro. Y hacer la comida. Rapidito porque sólo tengo una hora en medio de esas nueve. Y luego... Pues luego dame al menos diez minutos que relaje las sienes, que se me quedan pegadas al monitor. 

En fin. Que de verdad que quiero escribir, y ducharme sin prisas. Y acariciar sin mirar el reloj. 

Y todo el día buscando mi vocación. Porque y si fuese ahí donde la cárcel no es tan cárcel. Eso creo. Pero lo mismo es más de lo mismo. Querer llegar a ese lugar porque aquí no estás bien. Yo qué sé. 

Pero quiero escribir, y dibujar y acariciar. Y lo voy a conseguir. 

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