domingo, 6 de marzo de 2016

Tierra eterna

Dice el feisbuk que hace cuatro años planté tomates y lechugas en los tiestos del supermercado. 

Y entre líneas leo todo lo otro.
Con una jodida simple foto.


Planté semillitas de amor en tu estómago a ver si así, tal vez, quién sabe, yo qué sé.
Plantaba almidón en los cartones sobre los que dormíamos. Y cerezas en tu frente. Ay, mis ojillos caramelo adornándote de besos, de abrazos, de toda esas lindas y bellas cosas.
Me plantaba en el suelo firme de aquella oficina con sabor a laberinto. Tú por aquí, yo por allá. Quince míseros metros cuadrados para el desarme. Sin sol, sin sal, sin apenas nada.

Pero yo me plantaba. Con ese olor a jazmínn, con ese color carmín, con ese letrero grande 'ay de mí'.
Y ja.
Ja.
Y otra vez ja.
Porque las risas sólo las ponía yo en las terrazas del castillo que me inventaba.
Cuánta carcajada vacía, cuántos jodidos versos. Cuánto vertedero.
Los tomates crecieron y las lechugas parecían coliflores. Me lo comí todo. Tan sola.
El sabor de aquel puto primer tomate diminuto se disolvió en mi lengua como si la vida no te necesitase para seguir. Las cosechas tienen eso. Lo de germinar sin ayuda. Díselo a todas las ramitas verdes que asoman entre los adoquines con los que los humanos tapizan la tierra.
Yo también crecí. A través de ti. Sin tu ayuda.

Y sabes qué?
Quizá esta noche duermas a mi lado.
Quizá hasta vengas a limar el miedo con tu abrazo.
Pero siempre habrá un lugar al que ya no podrás entrar.



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