martes, 23 de febrero de 2016

Leyó el relato de los adictos al sexo al que no llegó a ponerle título cuando lo publicó en aquel blog compartido. Lo leyó y se sorprendió. Era bueno. Superficialmente bueno. Ya sabía ella que si le echaba una ojeada a través del filtro del 'juezinterior' no había quién librase del incendio inmediato a aquella reunión de palabras.

Pero el juez ya no era tan juez y el censor malvado ya no era tan escuchado. Existir existía. Será perenne, como el tiempo, con el invierno en alguna parte del planeta, como la niñez, como el Quijote, como las canciones de Sinatra. Pero ya no llevaba siempre el timón.

El de los adictos al sexo era bueno, el de la soledad también, el del niño de la cocina azul, el de los valientes que se morían de miedo. La perspectiva del tiempo hace cosas con las cosas. Es así.
Cambia casi todo menos el cambio.

Cambia, incluso, el disfraz del mencionado censor, que ahora, en vez de atreverse a decir si un texto propio es bueno o malo, en las mil sutiles curvas que busca para ahogarte en tu propia exigencia, tiende a comparar. Oh... Antes eras mejor, ahora escribes peor.

Y así todo el rato. Que si no estás alerta, atenta, como los perros que se quedan inmóviles cuando ven a una presa, te hundirá en la más absoluta de las miserias.


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