jueves, 31 de diciembre de 2015

Y que al menos con la cabeza a media asta puedas decir un sí gordito al amor valiente, al amor con ganas, al puro, el denso, al entero, al pleno.
Que al menos la pena lleve falda y baile por las esquinas mientras brindas con ese vino de las revistas.
Que al menos tiembles de risa con los amuletos de las doce, con los huesos infumables y la piel dura de las uvas del supermercado.
Que al menos un trocito de ti se abra de par en par al yo qué sé lo que vendrá. Y que la garganta cante canciones de rock de los ochenta en el más absoluto silencio.
Que al menos un momento, entre tantos otros momentos, te sientas libre de tanta mierda, y tanto sufrimiento, y tanto blá blá blá.
Viva. Que al menos sepas lo que es estar viva. Sentir vida. Aquí.
Que otros se fueron y quizá se coman las uvas contigo aún sin verlos. Por Pablo, por mi abuela Lola, por Pedro, por honrar su muerte... Por ocupar esta tierra. Sólo por eso.
Lo sé. Es que me siento un poco muerta.
Lo sé. Es que estoy demasiado rota.
También. Es que de verdad que creo que no puedo.

Pero que al menos te aburras de eso, y des patadas al viento para mover las velas, y total, somos naufragos en alta mar, porque eso llaman a este planeta los que saben que no saben de la misa la mitad.
Que si te peinas con fijador del mercadona, logres despeinarte el corazón, que si polvos por aquí y polvos por allá, puedas sacudirte el maquillaje y buscar en ti eso que se parece a cuando frenan las montañas rusas. Uau. Qué desastre. Qué vaivén. Así. Que al menos así, durante un ratito, entiendas, comprendas, sientas, pienses, digas y vueles el ahora.
Eso o algo parecido o todo lo contrario. Pero con un sí. Y un no. Y un a lo mejor. Y un esto no. Y quién sabe si aquello sí. Tal vez. Yo qué sé. Déjame.

Quiero vivir. Y ya está.


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