jueves, 13 de junio de 2013

Y la mítica escena de despedida en una estación

Es el tercer verano que paso pensando en ti. Los inviernos dejé de contarlos, al fin y al cabo el vivir uno entero cada día, con sus abrigos, su nieve, sus granizadas y demás heladas le hacen perder la memoria a cualquiera. Creo. Al menos a cualquiera que sea como yo.
¿Las primaveras qué eran exactamente? Si te refieres a esas cosas de colores con pétalos, a la brisa fresca de las siete y media de la mañana, al sol que te da en el costado los domingos por la tarde con un café en la mesa de alguna cafetería del centro, no tengo ni la más remota idea de lo que me hablas. 
Ahora me llaman otoño. 
Cuando uno imagina otoño imagina caídas, color marrón, hojas secas y árboles en estado vegetativo con pinta de radiografía antigua. Algún que otro charco, sombras, anochece demasiado temprano y cumplen años los que nacieron en octubre. Como yo. 
Ahora me llaman otoño y sólo queda el espectro de lo que me rodeaba. Las mejillas sonrojadas, el abanico de dientes al aire, el brillo de los ojos que siempre sale en los poemas, el sonido mua mua de los besos o el aleteo de las alas que todo el mundo tiene en la espalda aunque pocos poquísimos lo sepan... Toda esa mierda ya no está. 
De todo aquello quedan un par de fantasmas repartidos entre el espejo y la almohada peleándose por ver quién se queda más tiempo en el corazón del escritor. Escritor. Ja. 
Ahora me llaman otoño. Octubre también. 
Soy como una de esas casas gigantescas que salen en las pelis de miedo. También soy el sonido del viento que tan bien saben utilizar los guionistas o la madre que los parió. Los Otros. Soy la atmósfera de esa película, con sus colores negros, sus sustos, su pánico y su canesú. 
¿Sabes lo peor? Que otoño siempre fue la estación que más me gustó. Es inquietante que pueda sentirme tan cómodo en este dolor. 

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