lunes, 2 de abril de 2012

Un esternón transparente

Lo bonito de la vida es que tiene cosas bonitas por todos los flancos. Lo bonito de la vida es aprender a mirar (y no sólo ver) ese tipo de cosas que no son cosas, que tienen más vida dentro que un corazón latiendo. Lo bonito es verlas y admirarlas. Y magnificarlas. Expresarlas. Y contárselas al de al lado. Agradecerlas. Valorarlas. 
Tengo muchas de esas cosas alrededor, son personitas. Me gustan los detalles, decir te quiero, regalar una jodida canción a la que ni siquiera es obligatorio darle al play. Me gusta decirlo: mi vida sería menos sin ti. Me gusta transformar la pena en media sonrisa que habla del tiempo. Agradezco las luces que se me encienden, qué casualidad, cuando yo estaba allí, pensando en obligaciones y compras de segunda mano. Me gusta. Y me gusta ser eso también, que alguien en un blog de no sé dónde, en un folio sucio o en un documento recién abierto del word, cuente que soy una personita apetecible. 
No me gustan quienes atenúan el tamaño de un beso, quienes reducen mil quinientos de mis gestos, quienes convierten en rutina mis halagos, mi tiempo entregado, mis palabras por teléfono. No me gusta que la cotidianidad de mi comprensión ajena quede condenada a la costumbre por desgaste. Lo bueno no es esporádico, no es inusual, y no por ello deberíamos arrinconarlo en la rutina de lo habitual. 
No me gusta hacerme pequeña cuando siento que mi entrega y pasión son vapuleadas, llevadas a una insultante normalidad que lleva al otro al todo vale con ella porque es maravillosa y extremadamente grande. 
Lo soy, no seré yo quién lo niegue, pero somos grandes no sólo porque nos lo digamos en el espejo, somos grandes oyendo, escuchando, sabiéndonos en los ojos del otro, del tamaño de la galaxia entera. 
No, no se trata de piropos ni halagos, nada tiene que ver lo que cuento con lo que se mal entiende, es esa otra cosa que entienden los que se saben vivos aunque nunca se hayan oído el corazón. La gratitud no sólo está en la palabra gracias, el amor no sólo se dibuja con la forma de un puto corazón, el respeto no es la carencia de insultos, ni la complicidad reír a la vez, la amistad no sólo queda bien en las tarjetas de felicitación, la lealtad no sólo se viste en los abrazos de las malas épocas y la fidelidad va mucho más allá de no acostarte con otra en la otra habitación. 
Pero eso, supongo, sólo se entiende cuando has aprendido a valorar lo que eres, lo que dices, lo que sientes. Sólo entonces aprendes a hacer grande lo que otro es, e increíblemente, te lo da.