viernes, 9 de marzo de 2012

Planes para viernes inicialmente oscuros

Un montón de esa buena gente que te hace sentir en casa, no pedir, no mendigar, no buscar presencias para evitar soledades. Cuidados extremos. Protagonista de un grupo donde todos son protagonistas de un grupo. Salir, pasear, parar en un bar, en otro, hablar y reírnos mucho. Cerveza, parmesano, vino del malo para pedir luego una botella del bueno. Que te enganchen en plena calle, mientras andas con los de delante y te empujen, te saquen a bailar en pleno paso de cebra y te tiren en la cara dieciocho sonrisas con sonido de carcajada. Sentirme en casa. En medio de un sofá con semáforos en verde alrededor. Esas personas que hacen grande el alojamiento del corazón cuando es tan pequeño como una bolita del corcho que protege a las máquinas. Algo de vida porque sí. No buscarla, no pedirla, no fingir salidas a presión para olvidar que hay recuerdos que titularían una peli llamada maldición. Que llamen a la puerta, que te pillen con toalla en las caderas, poner música y saltar encima de la cama sin pensar que luego, más tarde, las hernias no descansarán y se morirán de viejas. Estar en casa. Abrazada sin abrazos, besada sin besos, estrujada sin aprietos. Noche de cuidados intensivos para enfermos de cansancio extremo y lamentos cansinos. No llevar todo el peso, no cargar todo el lastre, soltar en las aceras la mierda que ha sido y poner en lo alto de las farolas los mismos sueños previos. Volver a alumbrarlos, parirlos de nuevo. Todo eso. Todo eso con mucha ternura dentro. 

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