jueves, 16 de febrero de 2012

Penélope en el salón

No vendrás a cenar, las patatas siguen viniendo en envases a los que ponerles una pinza para que aguanten para la próxima vez. Me he hecho con una colección de tapones de plástico para el vino, baratísima, sigo sin poder acabar yo sola con la botella. Siempre se echaba a perder el jamón ibérico que compraba en lonchas finas, tan brillante y como untado en aceite, luego eran como las suelas de esas botas que tampoco estrené la noche que íbamos a fugarnos. Las cervezas caducaron, la lencería fermentó y el liguero negro se descosió de tanto ponérmelo a las nueve y quitármelo alguna que otra hora después. Muchas noches. Largas noches. De repente era madrugada y el teléfono se quedaba sin batería confiando en sonar. 
No vendrás a cenar, apenas queda algo de leña en el patio, todos los kilos que compré para el invierno se prendieron solos, sin alfombra blanca delante, sin calentarnos las copas de vino, sin sonar a romanticismo, ya sabes, chispeando brasas y cuatro ojos pendientes para que el sofá no se prendiera. Me calentaron los pies, eso sí, es triste saber que sólo ellos lo hicieron. Ya no friego porcelanas sin estrenar, ni saco las copas de la estantería, el fregador tiene manchas y cercos verdosos y terminé por subir al trastero la silla número dos. 
Todo está bien, aun es invierno a finales de abril aunque todos digan que la primavera ya llegó. No sé, he olvidado lo que era un verano en el salón, o cómo me moría de calor cuando jodíamos. Incluidas las veces que hacíamos el amor. Ya no te espero, ceno sola y dormiré en en mi cama de uno cincuenta. Sigo sin entender por qué alguien tuvo que llamarla de esa manera tan cruel: matrimonio no tiene por qué ser siempre para dos. 

1 comentario:

Maeve dijo...

cómo me moría de calor cuando jodíamos. Incluidas las veces que hacíamos el amor.


Eso.