domingo, 27 de noviembre de 2011

Yo no sabía recibir y él nunca se cansó de dar

Ayer tuve la suerte de hablar con la generosidad. Tiene pelos en los dedos y usa gafas de lejos. Tiene un citroen, cuatro impresoras y nueve discos repetidos de Bruce. También tiene un millón de enciclopedias en la frente, y más recuerdos míos en la nuca de los que yo misma recuerdo. Treinta y tantos conciertos rondando los cuarenta y algunos años más en el carné de identidad. También tiene ganas. Y sueños. Aunque suela refugiarlos detrás del monitor de ocho a tres. Luego, a eso de las cuatro vuelve a esconderlos, que el dolor apesta y a veces los centros comerciales son mejores que imaginar una vida salvaje con una de las cajeras. Me quiere, sé que me quiere como yo le quiero a él. Lo que pasa es que yo no sé demostrar el amor más que entre voces y algún efímero abrazo que se le hace incómodo al quedárselo, y él, él convierte mis ilusiones en planes, mis utopías en verdades verdaderas y mi teoría acerca de la amistad en la más real y sólida de las prácticas. 
Que te quiero Uve...

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