miércoles, 12 de octubre de 2011

Este es el texto larguísimo del que te hablé


¿Son raros los que se juntan con otros raros?

Esta semana he oído a dos de mis amigos-islas –los llamo así porque son solitarios, porque a los treinta y dos ya no tienes un grupo de amigos, a los treinta y dos tienes amigos sueltos, como islas. Yo soy otra isla para ellos, sin duda– definir a otros dos semejantes como raros. Conociéndolos, solamente, a golpe de vistazo instantaneo y fugaz fueron capazes de dilapidar la sentencia, de etiquetar, de meterlos dentro del saco imaginario que si estuviese en una estantería reposaría en la balda donde pondría ‘raros’.

El miércoles estaba con mi amigo Leo. Conozco a Leo desde hace sólo cinco meses, digo sólo porque la gran mayoría de personas suele creer que los amigos se miden por el tiempo que pasas a su lado. Si conoces a una persona desde hace tres años, esa persona es más amiga que la que conoces desde hace sólo un año. Esto es así, por mucho que yo me empeñe, en mis continuos taladros de voz, en decir que la amistad dura lo que puede durar un orgasmo. Que puede uno amistar profundamente a otro alguien al que hace dos fines de semana que conoce. Pero eso es otra historia para otros cuentos que ni me caben en estos tres folios ni les atrae a los que han empezado a leer el relato porque el incipit les resultaba la mar de interesante. El caso es que mi amigo desdehacecincomeses Leo es una persona con más atractivo dentro de la boca que muchos de los mortales que van al fútbol juntos durante más de siete ligas seguidas. Me gusta Leo, no del gustar que tal vez estéis pensando, no del gustar de imaginármelo recién salido de la ducha, con el pelo mojado y tejanos desgastados, no, del gustar del otro. Del de toda la vida de dios. No sé si saben la diferencia, si tengo que buscar un ejemplo para demostrar lo que estoy contando citaría el de ‘me ponen muchas cosas pero muy pocas me excitan’. Si con esto no les ha quedado claro, quizá tengan que vivir un poco más. Ya me irán contando.
Como decía, había quedado con Leo en la cafetería de todas las mañanas, él deja su bicicleta al lado de la pared, se quita esas circunferencias plateadas de los tobillos que le sujetan los bajos de los pantalones para que no se le enreden en una de sus embestidas a los pedales y me espera fuera mientras yo apuro la tostada de mantequilla y pan integral. Siempre me espera fuera porque aun no ha domesticado a la bicicleta y ya se sabe lo que pasa cuando una bicicleta sin domesticar descansa en una pared sin compañía humana, que se vuelve salvaje. En realidad los salvajes son el resto de los humanos que podrían robarla, pero para el caso ustedes ya me han entendido.
Leo y yo hablamos tanto y tan largo que cuando llego a casa después de una cita con él me bebo unos dos litros de agua de tanto que se me ha secado la lengua asfaltando los desiertos a los que llamo mi mundo, nos contamos de todo, hablamos de todo y también nos miramos todo sin decirnos nada. El miércoles sólo me bebí tres vasos de los de nocilla reciclados porque sólo nos vimos un cuarto de hora. En ese cuarto de hora nos dio tiempo a analizar a los dioses, a publicar el libro que nunca escribiré, a escuchar que el amor verdadero nunca llega y a admirar el milagro de las flores frescas que viven dos días y no se quejan. Cuando estábamos en el prólogo del libro que nunca escribiré vi a Marina al otro lado de la calle andando hacia nosotros, aunque ella no sabía que venía hacia nosotros, ella iba andando con las llaves de su negocio en la mano para abrirlo a las diez como el resto de los días, pero finalmente llegó a nosotros. La abracé primero con una sonrisa de un palmo y luego la abracé como siempre la abrazo, con el resto del cuerpo. Le presenté a Leo, siguiendo el ritual de conocimiento al que se someten los seres humanos, siguiendo esa extraña ley no escrita que cuenta y dice, sin base seria alguna, que cuando estás hablando con una persona y aparece otra, debes decirles a cada uno de ellos el nombre del otro. Y lo hice, casi siempre lo hago, aunque casi todas las veces me sienta inusualmente incómoda realizando este acto. Un hola, dos besos, tres miradas de arriba abajo después ya se habían conocido, en esto consisten la mayoría de relaciones sociales de hoy en día, por si no lo sabían. Marina y yo hablamos un poco del tiempo, de mira cómo se está metiendo el frío y luego me paso a fumar un cigarro. Después vino un adiós con otro de nuestros abrazos de cuerpo entero y Leo y yo reanudamos las palabras que nada tenían que ver con dónde las habíamos dejado. Poco más tarde nos despedimos y me encendí el cigarro que iba a fumarme con Marina en su tienda de remedios caseros y otros ungüentos.
Lo primero que dijo Marina al verme entrar por la puerta fue: Qué tío más raro, no?

Y hasta ahí el interés de esta primera escena que aporta ejemplos para ayudarme a contestar a la pregunta por la que empieza este texto. A ver cómo se me da contar la segunda.

El sábado estaba tomando café con la misma Marina en la misma cafetería de todas las mismas mañanas –son diferentes pero hay ciertas horas en las que todas parecen igual. La cafetería parece mi hogar, ese hogar con el que uno sueña lleno de césped, de plantas, de árboles, de sombras, el hogar mágico en el que en verano hace fresco y en invierno calor. Si desayuno allí todos los días no es porque esa barra se parezca a un banco de madera con cenador encima, ni porque huela a bosque ni porque haya frutas brotando gozosas de árboles frondosos, desayuno allí porque el café es el mejor café del mundo que he conocido y porque, a quién vamos a engañar, me lo exigen diariamente la rutina y la costumbre, esas viejas señoras que creen tener siempre razón en todo lo que dicen. Pues allí.

Marina también me gusta, tiene el pelo un poco chamuscado por la vida, demasiada coca en el calendario del pasado y demasiadas hostias de parte de su ex marido: dos. Me atrae su boca, la exagerada manera de carcajear y sus vestidos directamente sacados de la década de los ochenta. Es inmediato, cuando la veo estrenar uno de esos trapos me pregunto cómo me quedarían a mí semejantes ropas encima del cuerpo, la respuesta es mal tirando a fatal, pero ella tiene ese no sé qué entre el cuello y los pies que aunque parezca recién sacada de una discoteca de aquella época, casi todo le queda bien. Cosas raras pasan.

Ese día estábamos hablando del amor en su más ínfima expresión, el de las relaciones con los hombres. No voy a contar aquí cómo anda de taladrada mi alma porque no es el cuento ni la opción, ni voy a contar la de mariposas que pueblan la boca de su estómago, porque aunque para eso siempre es tiempo, cuento y opción, a veces, cuantas más alas cuentas en las barrigas de los demás, más esqueletos encuentras en tu propio esternón. Y una no está hoy para contar huesos en un cementerio. Así que hablábamos de esas cosas sin importancia cuando me sonó el teléfono con Juan detrás del altavoz, me preguntaba dónde andaba y si querría tomarme un café con él. Como lo de que esa cafetería sea mi hogar ya lo saben todas las islas que me rodean –antes yo era una isla rodeada de mar, luego me convertí en océano y fueron las islas las que me fueron rodeando – quedé allí con él para vernos. Llegó a los diez minutos, después de que Marina y yo hubiésemos dado siete vueltas al amor, al sexo, al afecto y a la pasión, que como todos sabrán son la misma cosa pero con distinto nombre según con quién compartas la información.
Juan llegó y volví a sentirme incómoda en esa escena de presentaciones con besos, miradas y saludos obligados. Antes no lo he dicho pero apuesto a que en un referendum acerca de abolir esa extraña situación cuando se saluda a alguien que está acompañado, la mitad de la humanidad diría que sí. Aun así, lo seguimos haciendo.
Marina tardó en irse lo que tardó Juan en pedirse un café, las persianas de los negocios hay que subirlas todos los días a la misma hora y siendo un día como otro cualquiera y dando las diez en cualquier reloj, ese era el momento preciso para subirla.
Catorce pasos habría dado Marina alejándose de nosotros cuando Juan se pronunció:  Qué tía más rara, no?


Y hasta aquí la narración de la segunda escena.

Creerán ustedes que tengo una respuesta concreta a la pregunta inicial, pero no. Escribo esto precisamente para ver si la encuentro entre los ojos que han llegado al final de este texto. ¿Creen ustedes que los que se relacionan con raros, como parece mi caso, terminan siéndolo o acaso ya nacimos así? 

15 comentarios:

La reina de la miel dijo...

"Visto de cerca nadie es normal" (Eduardo Galeano)
:-)

CMQ dijo...

Básicamente pienso lo mismo que Galeano... ¿qué es ser normal, qué es ser raro? Nena, cada persona es un mundo (y deberías saberlo tú, que te defines como "isla"). Posiblemente, ni Leo es tan raro como piensa Marina, ni ella tanto como piensa Juan. Ni tú, aunque te relaciones con todos ellos...
O si. Y qué más daría? La normalidad está sobrevalorada.

Anónimo dijo...

genial

lurdes dijo...

Creo que todos somos un poquito raros en los tiempos que corremos,ypienso que es mejor relacionarse ,aunque sea con raros,que estar solos y ser "normal"
Un saludo

Nebroa dijo...

Pero habéis llegado al final!? Eso era lo impactante!! jajaj

Ya sé que no soy rara, como sé que ellos no lo son. Ni Leo ni Marina ni los personajes que 'exagero' para la ocasión. Pasó en realidad, aunque haya metido datos de eso que me ha dado por hacer ahora llamado escribir, para conformar algo más que unas pocas palabras sueltas.

Sé que no soy rara, nadie lo es si lo miras de cerca, como bien dice Galeano. Tendemos a creer que la mayoría, por serlo, son normales. Pero hablamos de 'gente', ese ente indefinible, como siempre llamo a lo genérico que no conocemos. No conocemos a la 'gente'. Conocemos a personas, y la definición de raro siempre aparece cuando comparamos y etiquetamos. Ahora, que cada vez me gusta menos comparar y menos etiquetar, lo dejo en que ni soy normal, ni rara ni especial! Hola!! me llamo Ana!! poco más ;)

PippiPat dijo...

yo soy rara pero la más normal...no sé que decirte....

Nebroa dijo...

"Visto de cerca, nadie es normal"

Le doy vueltas...

Hace poco alguien me decía: Eres especial, pero como tú siempre estás contigo te crees normal

Y me gustó. Y no sé por qué lo cuento aquí, pero me ha venido a la mente y no pienso callármelo! :s

LeO dijo...

Estábamos construyendo un nuevo teatro de sueños en los que dibujar astronautas y elfos comiendo jamón en un campo de margaritas cuando apareció en el horizonte Marina, montada en un caballo verde y trotando hacia nosotros.

El silencio y otras palabras dijo...

Yo creo que tus amigos van a acabar echano un polvo... llámame rara, pero creo que se gustan. :D

P.D: a tu pregunta te responderé que los raros se hacen, con mucho esfuerzo. E igual que los ricos atraen a los ricos, los raros a los raros.

M@rcelo dijo...

Ana... estás cada día más loca.... me encantás.
Concuerdo con Silencio, los raros se atraen...

Carol Munt dijo...

Pienso que las personas se atraen según gustos. A mí siempre me han dicho que soy un poco rara, pero...¿Qué significa ser rar@? Supongo que aquel que se aleja de la norma, y las normas las impone la sociedad, así que si es así... bienvenidos los raros!
Poe cierto, una rara que se queda por aquí :)

k dijo...

Eso de ser raro siempre me recuerda la escena de Mi vida sin mí: la protagonista y su madre van en el coche, y pone la cinta de estudiar japonés. Su madre arruga el gesto y le dice: "¿No puedes escuchar música, como la gente normal?" Y ella le contesta: "Nadie es normal, mamá."

Total, que sí y no. La gente se atrae por afinidades, o por cosas peregrinas como preguntarte por los vestidos.

Y sin duda, yo voto por la abolición total de esa costumbre absurda. Que se presenten ellos si quieren, joder. (¿Y cuando no lo haces porque no te acuerdas del nombre de la persona, y luego tienes que pedir disculpas a tu acompañante? "Perdona, no te he presentado pero es que no me acuerdo de cómo se llama!!" ¿Hay algo más ridículo?)

Gran texto, perdona la extensión de mi comentario :D

Nebroa dijo...

jajaj Leo! Pero qué normal eres! :p

Silencio! Que no, que tu intuición falla, hoy! Al menos hoy! Ya me inventaré un relato donde Marina y Leo acaben haciendo el amor sobre el caballo verde de Marina! :)
Y a lo que dices que los raros se hacen, no nacen... mmm... qué probabilidades tiene el hijo de dos raros de nacer siéndolo!?

Nebroa dijo...

M@arcelooo! es por eso, entonces, que has venido a parar aquí!?!? jajja

Carol! eso es lo que decía más arriba, tendemos a establecer lo 'normal' como lo 'habitual', sólo por ser mayoritario. Pero quién dijo que por ser frecuente hubiera de ser lo normal? Díselo a las moscas, que todas comen mierda y no por eso es normaaal comérsela! jajaja
Qué gran ejemplo! jajaj

Nebroa dijo...

Lo de la costumbre de presentar es odiosa. Es que no le veo la gracia, es afirmar lo de 'los amigos de mis amigos son mis amigos', y ya se sabe que eso tampoco es cierto siempre. En este caso es como decir 'los amigos de mis amigos son mis conocidos'. Coño! y para qué sirve un conocido!? Pues eso, lo que yo decía, para agregarlo al feis y poco más :s

La verdad es que yo me relaciono con muchos tipos de gente, de más edad, del centro, del pueblo, de aldeas, niños, adolescentes y seres sin cerebro. De entre todos ellos, si les preguntasen a ellos mismos por los demás, apuntarían rarezas a diestro y siniestro. Yo, sin embargo, los veo a todos normalísisisisiisismos... Que pa eso son mis amigos, coño!