domingo, 23 de octubre de 2011

De repente los deseos desaparecieron

Ella quería ser gaviota, y ver el mar y surfearlo. Quería amar y ser amada, princesita de cuentos de esos de esto no puede ser verdad. Quería domingos sangrientos con el alma de par en par mirándose en otra alma igual de transparente. Quería bizcocho, chocolate y galletas a media tarde. 
Ahora tiene miedo de soñar, por si todo lo que sueña, como aquello, también se va a hacer realidad y de repente, se le acaben los deseos que desear.

Te imaginas, por un momento, que no desearas nada de nada? Quién iba a moverte las anclas. Si nada nos moviera a quitarnos el anclaje, qué días serían los nuevos días. Si ya no hubiera anclaje o lo hubiese pero ya no se llamase así, qué vida sería esta vida. 
Oigo continuamente consejos, palabras y maneras de alcanzar la felicidad que siempre estuvo dentro. Vale. Llegamos. Vencemos. Salimos del aburrimiento, del estanque, del fango, la mierda y el lodo. Llegamos. A dónde y para qué? 
Será que una cosa son los anhelos profundos. Que vienen de mucho tiempo atrás. Lejanos. Difíciles. Los del alma vacía si no los encuentra. 
Será que otra cosa son los deseos, pequeños, alcanzables en un cuarto de hora. Fáciles. Cercanos. Los que vamos inventando para justificar que estamos 'vivos'. 
Y si nada te inquietase. Si ambos desaparecieran. Si tu mente absorbiera, por fin, la idea, de que todo está bien tal y como está. Vendría la muerte, supongo. Aunque siguiésemos vivos. 

No hay comentarios: