domingo, 25 de septiembre de 2011

El cine se inventó para eso

Como suelo escribir mucho y seguido, y espontaneo y rápido, y ligero y por espasmos, cuando no me sale de ese modo prefiero el silencio. Que increíblemente viene a balazos.
Es curioso, como otras veces, que a más remolinos dentro, menos cometas fuera. Una etapa de mi vida para enmarcar, la antesala de la fiesta, el hall de entrada, el vestíbulo de acceso. ¿Y qué hacen mis pies en el trayecto? Pesan toneladas. No pueden hacer nada. 
Sabes esas escenas de las pelis donde de repente todo se ralentiza, se detiene, va a cámara lenta. Pues eso me ocurre. Quiero contarlo y cuando empieza se oye un zumbido que comienza gritando hasta morir de repente por un soplido insonoro. No lo oye nadie salvo yo. 
Estruendo - Uuuuuuuuuuuuuuuuffffffffffffffffffffffffffff - la nada absoluta
Dadme una cámara que pueda contarlo, trescientos planos cortos; una diligencia en medio del oeste, todo inundando de polvo, una carretera infinitamente recta, un cielo azulísimo, un velero en medio del mar, a lo lejos,  un polvo salvaje entre dos lobos, unos pies apoyados en el salpicadero de un coche rojo, retrovisor con ojos clavados, los labios de alguien, la polla de alguien, la lengua de alguien, mil quinientos niños jugando al fútbol en una mesa verde de ping pong, una calle a ras del suelo y todos los pies de todos los ciudadanos de una ciudad desconocida pisoteando las baldosas, mis botas, una rosa cruzada en la boca de una mujer bailando un tango. 
Y al final una pantalla de cine de verano del mismo color que el fondo del mar. Oscuridad. 

Y eso sólo era el trailer de unos días que parecen no acabar. 

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