miércoles, 28 de septiembre de 2011

Cinco (con premio)

Me pongo un palo en la espalda para erigirme esbelta y rígida, altiva y casi prepotente. 
El palo es de plastilina.

He ido a medir viviendas a ochenta kilómetros de la mía. He llamado a trece puertas y no se ha abierto ninguna de ellas. Y pienso en todas las puertas a las que llamo en el resto de mis horas. Luego me pregunto por qué todas responden de la misma forma.

Sigue sorprendiéndome que le pidas palabras a alguien y que no sea capaz de hacerte una sopa de letras para merendar. 

A lo lejos vi avanzar el viento huracanado, yo ese día llevaba falda. Y el muy cabrón ni me rozó. 

Voy a construirme un refugio similar a una cueva pero sin techo.

2 comentarios:

k dijo...

Cómo me veo en lo de la sopa de letras. Y las veces que ocurre, disfrutas más de la puta sopa de lo que vale, probablemente. Hablo por mí. Pero no deja de sorprender esa falta de sangre en las venas del mundo, de la gente, a veces.

Nebroa dijo...

Yo lo que me pregunto es que si sucede y vuelve a suceder, cómo puede seguir sorprendiéndome. Coño.