jueves, 25 de agosto de 2011

No me cabe. Tengo una sandía debajo de la teta izquierda, un poquito mirando al centro. Pesa cinco kilos y cuarto mitad, como dicen en las tiendas donde no se compra lo que a mí me cabe dentro. Es algo así. Una sandía gorda y redonda, y brillante y tersa. Hace muchos años la carretera se llevó a uno de mis primos. En el coche bailaba una sandía que quedó intacta tras el accidente. Yo no quiero que mi sandía se rompa en trocitos en un accidente. Yo la quiero reluciente, pasen los relámpagos que pasen. Pero me temo que en mi accidentada vida lo primero que muere es la corteza, que se quebranta, se abre y se raja en dos. Luego se pudre la pulpa, se desparrama el zumo entre los huesos y termina oliendo mal. Yo no quiero eso. Pero me sigo temiendo que en la vida todo se resume a la capacidad que tengas para soportar y tolerar una y otra vez ese tipo de riesgos.

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