jueves, 25 de agosto de 2011

Me pinté las uñas de azul eléctrico, como él

Teníamos un piso alquilado en los ojos del otro, yo me paseaba por su banco noventa días atrás y él me buscaba entre líneas un poco más acá. Luego vino no sé qué a colarse entre ambos, entre rendijas, de tanto conocernos quizá decidió no conocer más. Y se le enamoraron las puertas que nunca cerró. Y sacó a volar con mi vestido rojo las ilusiones de otros años, sacó a pasear a cientos de sí mismo en cada acera a la que llamó pista de baile. Yo quería bailar, pero esta vez no era un tango. Yo quería querer, pero sin los otros trapos que siempre acaba desnudando lo que llaman amor. Yo entendía, él también, aunque esta vez él no pudiera comprender ni los por qués, ni los cuándo ni los cuándo aprenderé. Yo lo quería, como ahora, para contarle que aun me escuecen los latidos, o para meterme con su gorra. Y para aprender. Que ambos aprenderíamos con el otro a mirarnos en un espejo roto. Pero se me ha ido. De los días, de los mensajes al móvil, de los emails atropellados y de los paseos en bicicleta a media tarde. Entiendo. Acepto. Aunque hubiese escogido otro modo de decir adiós que no fuese el silencio. Ni el olvido instantáneo. Ni varios recuerdos llenos de incógnitas.

No pienso aprender
que 'los que fueron amigos
se olvidaron por amor'

No hay comentarios: