sábado, 4 de junio de 2011

Dejar de oírme para escucharme mejor

Me pregunto quién mueve a mi instinto animal, lo llamo animal por no llamarle sexual, que es lo mismo pero no tiene nada que ver. Me preguntaba por qué a veces te huelo como si en tu cuello fuese a encontrar un remedio. O que entre mi aliento y tu perfume existiera un tiempo que no lleva reloj y un espacio que no tiene suelo. No sé. Sé que te huelo, y que aspiro profundamente cuando estás cerca. Y lejos. Ya te digo que a veces me da igual el terreno que se vierte entre ambos cuerpos. Además, ahí, en ese preciso momento nada pienso ni nada ideo. Sólo absorbo el humo que alimenta algún rincón de mis adentros para mezclar mi esternón con lo que creo que se parece al tuyo. Tal vez no sientas lo mismo, he llegado a pensar que casi que me da igual. Porque busco enriquecer mis sentidos, dejar de un lado el otro vehículo en el que casi siempre me muevo, para derretirme en un ahora que tiene más de eterno que de recuerdo. Como no sé si te quedarás para otros ratos, te absorbo. El miedo aparece luego, cuando dejo a mi mente preguntarse cuándo volveremos a tener a ese olor dándonos vueltas. Y así con todo lo demás.

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