jueves, 2 de junio de 2011

Coreografía de invierno

Se plantó la falda roja de volantes, limpia, airosa, recien planchada, esbelta como las hélices de los molinos de viento que bordean la meseta, el corpiño negro brillando como la piel de las panteras.
Y salió a bailar al centro del escenario del teatro que esa noche aplaudiría los relámpagos que habitarían su cuerpo. La danza y la apertura de los órganos. Porque ella, al bailar, ponía en los tacones el pecho, y en el pecho las sienes, y en las sienes el universo entero, que le daba tantas vueltas a sus piernas que la falda no era falda y sí remolinos de viento, que los tacones no eran tacones y sí torrentes de nieve, y el pelo no era pelo y sí embestidas de un toro fiero.
Allí, sobre el escenario, tras el telón de las verdades, bailaba para él. El anfiteatro estaba lleno de ojos, y el paraíso superior abarrotado de cabezas, las butacas inundadas de pies y los focos alumbrando su momento.
Ella bailaba para él, sin saber siquiera que otros la admiraban, que otros la ensalzaban, que otros la encumbraban al éxito. Bailaba para él. Con dos antorchas en los párpados, con dos líneas fluorescentes clavadas en el decorado.
El baile para él, la danza para él, la actuación estelar para él.
Y él miraba sus pies que apenas tocaban el suelo, y ascendía con sus rodillas al cielo, y abría el pecho para inundarse de la música que a ella se le salía por los dedos, y descorchaba su chaleco para tragarse el aire que ahuyentaba la falda, los volantes, el vuelo.
La melodía cesó y entre el silencio del final de la escena y el inicio del ruido de las palmas de otras cabezas, ella esperaba las palmas de Miguel. Esperaba el sonido de sus dedos, la ovación escrita en su boca, las reverencias de su espalda, la rendición de sus pies, el ocaso de su alma sobre el suelo. Esperaba ser fundida por su mirada para taladrar su sonrisa al muro del teatro, sabiéndose admirada, apreciada, venerada.
Pero Miguel no aplaudió. Miguel no se levantó. Miguel no se rindió.
Miguel sonrió como sonríen los tristes, con la boca en las mejillas y el alma cubierta de cadenas.
Y la falda roja y el corpiño negro se dieron la vuelta. Hay más escenarios que amapolas, más ojos que estrellas, más besos que olas. La falda y el corazón se dieron la vuelta, con el mañana envuelto en los tacones atravesó las escaleras del fondo y se fue a los camerinos.
El gran espejo iluminado le devolvió su imagen, la silueta de una reina con sombra en los ojos y carmín en los labios que susurraba: "sigue bailando para mí que yo sí te quiero".

Para todas las mujeres que inventamos actuaciones estelares
para que los hombres se dejen arrastrar por el viento.
Para no olvidar que no actuamos,
que sólo mostramos un corazón inmenso.
Para no castigar a la actriz ni a la cantante,
que somos un todo al que a veces le falta ver su reflejo.

1 comentario:

bison dijo...

...y Miguel continúa su triste peregrinaje hasta el siguiente escenario, ante la siguiente copa que le sabrá a orines de gato, acompañado por su nube de oscuros pensamientos que le absorben y le secan las alcoholizadas neuronas. De bar en bar , caminando por pegajosas y recién alquitranadas calles, asusta a cada vuelta de esquina a los que tienen la desgracia de cruzarse en su camino.