martes, 31 de mayo de 2011

Quería escribirte un montón de palabras, escribir para atraerte, para hincharte los pulmones como globos de quinto cumpleaños. Quería escribir taladrando las letras en tus piernas, con los dedos golpeando las rodillas, con los nudillos al sol y las uñas dibujando siete letras. Soy uno de esos pájaros de profesión carpintero que se agitan destrozando la corteza de un árbol.
Y así ir desvaneciendo capas y velos, para encontrarte de lleno, en los huesos, en los órganos, en eso que no se ve y que tan bien se me da tocar cuando nada interrumpe lo que rozo.
Y ya ves, que ni tecleo ni llamo, ni aprieto ni dilato las pupilas que se encargan de darle brillo a tus ojos.
El silencio, que escogido entre el ruido quizá traiga aire fresco a la reja que aprisiona tu balcón, y tu ventana, y tu azotea.
Y paciencia con forma de llave antigua para descongelar al hombre de verdad que se muere por vivir cuando te dejas llevar.
Y sin escribir te escribo, como te abrazo sin abrazarte o te como los labios sin que tu boca aparezca después del abracadabra.
Que hay cosas que sin verlas se hacen y castillos que llegan al falso techo del cielo sin ni siquiera tener una puerta.

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