martes, 24 de mayo de 2011

Más bien nada

La cerveza no estaba tan fría como a él le gustaba, aunque bordease la espuma por el diminuto vaso con forma de trocito de tubería cayendo sobre la mesa sucia que llevaba sin ver una balleta el mismo tiempo que él sin dejarse besar.
La esperaba, como se esperan los trenes cuando te has ido a la estación con tanto tiempo entre tu llegada y la salida que puedes leer 'los pilares de la tierra' tres veces si entre tus placeres está el de flagelarte.
Miraba al norte por donde nunca sale el sol, ni se mete, ni se esconde ni se asoma y sin embargo es el mismo que guía a la humanidad en las brújulas que nunca tiene nadie en el cajón de la biblioteca con la que todos soñamos.
Hacía calor, el mismo calor que el día en el que fue a buscar a Margarita a la hora del cierre de la fábrica de cristales transparentes tintados del mismo rojo feo que el carmín con el que se empeñaba en pintarse los labios la madre de Miguel.
Y pensaba. Pensaba sobretodo en el vacío.

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