miércoles, 2 de febrero de 2011

Secretos escritos

(Es de esas entradas pelín largas y algo aburridas... )

En el curso de teleoperadora sexualr (el de creación literaria vaya) al que asisto los miércoles bisiestos, en una de las tardes de uno de esos miércoles, hablamos del pudor. Cómo muestra un autor lo que lleva dentro sin temores ni tapaderas. Lo que cuesta abrir partes de nosotros y volcarlas en el papel... Yo, bueno, teniendo en cuenta que tengo un blog y que en él sólo hablo de mis miserias y verdades más oscuras... pues no es que tenga miedo y vergüenza al extraerme... pero siempre es maravilloso aprender más y más rincones de este mundo que intenta verbalizar lo que nos gira dentro.
Jugamos a escribir un secreto en un papel. Soltarlos todos en una cajita y revolver los escondites. Cada uno leyó uno al azar... A mí me tocó:

'Deseaba recibir la noticia de su muerte'

Contaría el mío, pero lo mismo ya lo he contado en alguna otra entrada... Qué más da. La cuestión es que después de vomitar un montón de ideas acerca de cómo nos sentíamos una vez que alguna otra voz había leído algo muy nuestro, el ejercicio consistía en escribir un relato cuyo inicio o idea fuese el secreto encontrado. Yo escribí lo que sigue, con muchos errores, con mucho déficit para convertirse precisamente en relato, pero aprovecho para transcribirlo y así tenerlo al menos, como base de un mal ejemplo de relato!

"Deseaba recibir la noticia de su muerte...
No era como ninguno de mis deseos anteriores, no se parecía a ninguno de los anhelos sufridos, aterraba, me paralizaba. Porque siempre estuvo escondido, envuelto por la infinidad de cualidades que ahora me parecen tan lejanas... sentido común, lógica o eso que llaman políticamente correcto.
Una va siempre a favor de la vida, de los días, vas en la corriente del respirar, del sentir; pero esto era girar en picado, darle la vuelta a tus esquemas, poner mirando al suelo la razón y el buen y bien visto saber estar.
Yo quería que muriera. Pronto. Rápido. Ya. Y cada vez que lo pensaba, la que habla seguía muriéndose un poco. Por dentro y por fuera. Por debajo se quebraban los cimientos, por arriba los ojos fingían pena. No era yo, me decía, la que se taladraba con la culpa las sienes. Poseída. Desconocida.
La doliente que fingía ser buena, dejaba de llorar cuando la soledad la acompañaba. Quizá es que nunca antes me miré de frente las ideas. Tan fieras y salvajes que me fue imposible retenerlas.
Y ahí estaba él. Ajeno a mi cabeza, confiándome los lamentos y los pocos sueños que aun le quedaban.
-María, yo te quiero
Y yo, menos María que nunca y más Magdalena que nadie, fingiendo las palabras, los gestos y hasta los besos.
Ocho meses de eterna enfermedad sin descanso. Odié los sueros, los pinchazos, las toallas calientes y ese maldito jarabe con olor a aguardiente. Que yo no quería cuidarlo, que yo no quería mimarlo. Que yo lo que quería era salir volando a otro sitio donde él no estuviese al lado.
Pero cómo iba a dejarlo morir tan solo? y una y otra vez la misma pregunta en la cama, en el coche de vuelta a casa, golpeándome el estómago, abofeteándome la cara.
-Yo ya no te quiero... hace años que dejé de quererte, de perseguirte, de vagabundear tus besos en las madrugadas en las que escogías otras faldas que yo nunca me pondría.
Ojalá la intensa voracidad con la que ahora me asalta esta culpa me hubiera servido en aquel tiempo para dejarte abatido en mi ausencia. Mírame ahora, la abatida soy yo, con tu sola presencia. La maldita soy yo, con esta desconocida asesina que me habita. La culpable soy yo sin ninguna otra pena. La que ha dejado morir a la que era y no se reconoce en la que ahora piensa.

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