viernes, 18 de febrero de 2011

Recuerdo cuando estiraba los huesos en la cama, allí en los días donde no medía más de cien centímetros. No sé dónde escuché que si te estirabas mucho mucho, tus huesos crecerían, aumentarían, se harían más largos. Y yo, en mi cama, con la sábana hasta las cejas, recorría la extensión de la cama, con la puntita de los pies intentaba tocar el ángulo que formaban las sábanas con el colchón. Metidas a presión hurgaba con los dedos el espacio, y me hacía grande, me hacía mayor. Yo quería tocar el cielo por las mañanas. Siempre estaba demasiado alto para mí. Por las noches jugaba a los milagros dentro de una mente que aun creía en los imposibles. Crecí. Mido uno setenta. Pero aun no he podido tocar el cielo. Así que algunas noches, ahora, cuando sé que las nubes suben, bajan, aparecen y mueren de vez en cuando, yo sigo pensando en estirarme. Y vuelvo a meter los pies en el rincón oscuro del final de la cama. Por si acaso funciona y sin darme cuenta, un viernes por la mañana, alcanzo la luna y la enciendo para siempre.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

JAJAJA , VALE YO TAMBIEN HE JUGADO A QUE ME CRECIA , PERO POR MAS QUE ESTIRO NO DA MAS DE SI. PUTA VIDA...JJAJAJAJA...N
QUE LINDO ESCRIBES MAQUINA

Nebroa dijo...

Eres muy tontooo! jajaja

JA dijo...

precioso,
solo que cuando el pie queda descubierto, es fríoo.

un beso, guarecido por la sábana, je

Arena dijo...

definitivamente amo tu blog!

Nebroa dijo...

Ja... Gracias. Mi pie no se salía! Estaba siempre en el infierno del borde de la cama! Como tu beso!

Arena! jajaj Graciaas! Quédate a vivir!