miércoles, 2 de febrero de 2011

En la cama o debajo del suelo

A tu cama... yo ahora me iría a tu cama, a levantarle las sábanas al olvido, a hacerle tres agujeritos con el cigarro a algunos de nuestros recuerdos y a soplar las velas de la mesita de al lado. Como en el cumpleaños, pidiendo deseos que sabemos que no se cumplirán mañana pero que quizá se nos cuelen esta noche entre las mantas. Así, calentitos y enredados, te hago un nudo en los muslos con mi lengua y te dejo cubrirte los labios con el pelo, que como lo tengo cortito, tendrías que taparte con mi cabeza la boca, y la giro, y te pongo los míos en la frente y aprovechas para lamerme el cuello. Y descendemos. Y nos metemos en un escondite de esos sin techo y sin paredes, y construímos un mundo con el edredón, que hagan de nubes las almohadas y que mis pies sean, yo qué sé, tus botas. Y tu pecho un cojín, y tus ojeras las bolsas de la compra, mis manos telarañas y mi ombligo un cenicero. Los ojos de ventanas, el alma de perfume caro, tu aliento que haga de viento y mi saliva el agua para ducharnos. Las rodillas y el vientre de montañas, las muñecas y los hombros de laderas, un lago tus lágrimas y un valle mis sonrisas.
Así, desvariando, como si fuese real lo de... Vale, ya sé que no iré a tu cama. Ya sé que no quieres un mundo a mi lado.
Me voy a mi cama

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pensaba que te iban a comentar mucho esta entrada. Yo soy de los que te aceptaría encantado en mi cama, aunque fuera para volvernos locos o precisamente para ello. Me sigue gustando mucho cómo escribes.
H.

Nebroa dijo...

Hache... Decir gracias cuando a una la invitan a una cama ajena no es lo que me resulta más apropiado. Suena a frío, cuando una invitación así se parece a todo menos al hielo.
Así que... digo: Brindamos?