sábado, 23 de octubre de 2010

Se me han encogido los labios, pequeñitos, sedientos, aburridos. Se me han inclinado hacia abajo, parezco un pez recien levantado, de uno de los pliegues salen lágrimas, del otro ya no sale ni un suspiro parecido a los de siempre. Cansada. Y triste. Sé que puedo girarlos, hacia arriba, que apunten a la luna, al sol o a las estrellas cursis de las fotos de google. Pero no puedo. O no quiero. O no tengo ganas. Miro alrededor y veo miserias, bajezas y extremos contrarios a lo que pienso. Veo vacíos, terminales de aeropuertos lejanas y maletas olvidadas en el maletero del coche. No tengo ganas de sonreír, ni me quedan pilas para salir a comprarme una batería de verdades. Se me ha nublado la vista, ya no acierto a imaginar lo que vendrá, ni siquiera a recreearme en el personaje que quise ser. Aquí estoy, perdida. En medio de un desierto. Se me clavan los pies en la arena. No sé moverme hacia dentro. He recogido las alas, me protegen del invierno. Pero sigo teniendo frío.

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