viernes, 8 de octubre de 2010

De golpe

No tengo tiempos muertos entre los dedos.
Se me excitan las prisas, las horas y los días.
Se acelera el cielo entre mis ojos.
Apenas deja rastro, ni ecos ni huellas.
Demasiado rápido, demasiado lanzado, demasiado veloz corre el reloj de afuera.
Por dentro todo quieto, en alza los pelos, los párpados y el pecho.
En declive los pies, la espalda y la que me sirve para sujetar al sombrero.
Paréntesis.
Un poco de vida en un hueco y el resto metida en cuevas.
No hay ventanas, ni aire fresco, ni corren los pies aunque se apresure el tiempo.
Vacío de sentimientos y aforo completo en el cuerpo.
Me pasa la vida por encima, aprisionada la piel entre escombros.
Me inclino hacia delante.
La corriente no cesa y yo, en medio, no acierto a equilibrar un te quiero.
El estrés es un baile de cuatros rozando el infinito.

Vi a Sabina, hablé con un muerto, dibujé futuros encuentros, acogí espaldas en mi colchón seminuevo, acompañé a las ilusiones que creaban un hogar entre el centeno, desayuné sin respirar y comí sin digerir. Cumplí años, medias décadas y treinta y cinco otoños despiertos.

Desde el centro a los suburbios me muevo y no logro encontrarme en este preciso momento.

2 comentarios:

Robert dijo...

La juventud permite los esprines, pero como dicen los italianos: “Chi va piano, va sano e va lontano”. No es fácil frenar, aunque siempre podemos intentar identificar aquello que motiva el estrés, dividirlo, tomar algunas de las porciones resultantes y directamente mandarlas a la mierda.

Nebroa dijo...

Eso hago. O intento. Bueno, son sólo unos días, eso también lo sé. Y esa parte es la que me aporta más calma cuando más estresada estoy.