domingo, 24 de enero de 2010

El ukelele de Bruce y yo








Había una chica que trabajaba en un hotel, de esos de lujo, donde de vez en cuando se hospedaban famosos, no sólo nacionales, también de los otros, de países con otras costumbres, otros horarios y la misma luna.
En verano, cuando el calor azotaba la piel, vino a parar a una de las habitaciones que arreglaba el mismísimo jefe, no el suyo, el otro, el americano, el músico, el Brus Esprinstin ese...
Cuando a los pocos días se marchó y ella hizo su ruta laboral diaria, encontró una guitarra, de las pequeñas, diminutas, en el sofá orejero donde seguramente el boss había descansado las piernas sesenteras.
Nadie lo reclamó, alguien lo olvidó y ella se lo dio a su novio... El novio dejó pasar el tiempo, pero pensó que quizá alguien, de esos fanáticos y alocados, querría tenerlo. Y que quizá hasta podrían pegarse un viaje por lo que les dieran al venderlo.
Entró en internet, encontró uno de los foros donde todos parecen fanáticos y lo ofreció.
Las páginas se llenaron de risas, descojonamientos varios, mucho cachondeo y desvaríos, hasta pensar que el ukelele era la bandurria de Leonardo Dantés. 200€...
Tras días de sonrisas el precio bajó a 50, y se quedó en 30 cuando la chica de Monteagudo que firma sus post con una foto con bruce le dijo que iría a recogerlo a Alicante desde la cercana Murcia.
La chica rubia cogió el coche, la pasta y las ganas de regalar el ukelele a su hermano, y se encontró con el novio de la chica del hotel, la guitarra pequeña y las situaciones surrealistas... Y se trajo el instrumento en el sitio del copiloto, pensando que todo merece la pena y que le gustan las historias divertidas.
Y aquí está, encima de la cama, esperando ser regalado al hermano en un domingo cualquiera, con la paella delante, las cervezas frías y el amor flotando entre la música...