domingo, 4 de octubre de 2009

Lo supo

Tenía los dedos hinchados de escribir con aquel bolígrafo que le regalaron cuando cumplió los 30.
Tenía el alma gastada de buscar la mejor manera de contar su historia.
Tenía la mente agotada de buscar y rebuscar recuerdos que le hicieran sonreir.
Tenía los riñones agrietados de tantas malas posturas que la vida le hizo coger.

Tenía 33 años y tantas ganas de anidar en algún lugar que la búsqueda incesante de ramas fuertes sobre las que crearlo, en vez de motivarla, la dejaban con el cuerpo reventado justo en el
peor lugar que puede escoger uno para descansar, el futuro incierto.

Pero aquel día se miró, en ese espejo al fondo del pasillo, donde siempre acababan todas las miradas de su casa vacía, y vislumbró la imagen esperada.
No era presente.
Tampoco era un recuerdo malgastado por el tiempo.
Tampoco era del todo ese futuro oscurecido.
Era. Simplemente era.
Su imagen, ella, a través del tiempo, sin reloj, sin mañana, tardes ni noches. Era ella...
Sus ojos siempre semicerrados la vieron.
Se vieron a sí mismos.
Y se calmó.
Dejó de respirar como los huracanes e inspiró en un sólo sorbo toda la luz solar del universo.
Y se aquietó.
Y supo, para siempre, justo allí, tan dentro, tan en el centro...justo en el fondo del alma que siempre la envolvió, que un día la vida le devolvería lo que ella siempre le había dado a la vida...


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